Hoy más que nunca la alimentación está ligada a una vida saludable. La investigación científica ha estado demostrando lo que empíricamente se sabía: los productos que consumimos tienen un efecto positivo o negativo sobre las funciones orgánicas y la posibilidad de estar del lado de la salud o de la enfermedad.
Según
una revisión de las Nuevas Guías Alimentarias para los Estadounidenses 2025‑2030 publicada en Up‑To‑Date, estos lineamientos deben ser también parte de una agenda de acción en la comunicación médico‑paciente.
“La dieta o el patrón alimentario específico que una persona elige está influido por una amplia variedad de factores, incluidas las preferencias personales, las influencias sociales y culturales, así como las consideraciones económicas. Los médicos deben trabajar con cada persona para determinar el mejor patrón de alimentación saludable según sus circunstancias particulares”, indica el análisis.
Aunque las recomendaciones específicas pueden variar, una dieta saludable y de alta calidad enfatiza el consumo limitado de carnes rojas y procesadas, grasas no saludables (grasas saturadas y grasas trans industriales), azúcar, sodio y alcohol, así como una mayor ingesta de frutas, verduras, legumbres, frutos secos y granos integrales.
El consumo de estos alimentos puede prolongar la vida y reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes, hipertensión y cáncer, entre otras enfermedades crónicas importantes. Una dieta saludable también puede ayudar con el control del peso y mejorar la calidad de vida relacionada con la salud.
Entre los ejemplos de patrones alimentarios saludables que las nuevas guías recomiendan están:
La guía se enfoca también en los componentes dietéticos saludables específicos a los que llaman “con alta comprobación científica”, entre ellos:
frutas y verduras, granos integrales, fibra,
productos lácteos y
ciertos alimentos ricos en proteínas, como frutos secos,
pescado y
productos de soya
Y otras dietas a las que denominan “con evidencia limitada”, entre ellas:
Como ejemplo,
un metaanálisis en red de 40 ensayos que compararon siete patrones dietéticos entre 35.548 participantes con un riesgo elevado de enfermedad cardiovascular, una dieta mediterránea (12 ensayos) resultó en un menor riesgo de varios desenlaces médicos, incluida la mortalidad por todas las causas.
Una recomendación esencial es evitar el consumo de una dieta “occidental” típica, caracterizada por el consumo de carnes rojas y procesadas, granos refinados, alimentos con alto contenido de sodio y azúcar, así como por un bajo consumo de fibra, granos integrales, legumbres, frutas y verduras,
Y agregan: evitar o minimizar el consumo de grasas no saludables (es decir, grasas saturadas y trans), azúcares añadidos (incluidas las bebidas azucaradas), carnes rojas y procesadas, alimentos altamente procesados y alcohol.
La mala alimentación es una de las principales causas de mortalidad en Estados Unidos, junto con el consumo de tabaco, la hipertensión y el sobrepeso, y es además una causa importante de años de vida ajustados por discapacidad. Los latinos que viven en ese país se ven
particularmente afectados.
Las principales enfermedades vinculadas a la nutrición en Latinoamérica son la obesidad y el sobrepeso, que afectan a un alto porcentaje de la población, junto con enfermedades no transmisibles relacionadas, como la diabetes tipo 2, hipertensión y problemas cardiovasculares. Coexiste una "doble carga" de
malnutrición, donde persisten la desnutrición infantil y la anemia en ciertas comunidades.
Décadas de investigación han revelado vínculos sólidos entre muchos componentes de la dieta y patrones de alimentación y resultados importantes en la salud. Además, la mayoría de los pacientes y los médicos consideran que los hábitos alimentarios son importantes para la salud y una parte relevante del asesoramiento sobre estilos de vida saludables.
En cualquier especialidad médica, cardiología, nefrología, pediatría, la nutrición debe parte de la conversación médico‑paciente.
Un impacto a largo plazo
Aunque los detalles específicos de una alimentación saludable pueden variar, el objetivo general de una dieta sana es mejorar la salud de los pacientes y reducir el riesgo de enfermedad. Existe evidencia considerable de que las elecciones alimentarias saludables pueden prolongar la vida y reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes, hipertensión y cáncer, entre otras enfermedades crónicas importantes.
El control de la ingesta energética, dice el trabajo, es esencial en esta discusión. Una dieta saludable también puede ayudar en el control del peso y se asocia con una mejor calidad de vida relacionada con la salud y un menor riesgo de fragilidad en los adultos mayores.
“Los médicos deben trabajar con cada uno de sus pacientes para determinar el mejor patrón de alimentación saludable según sus circunstancias particulares. Los encuentros clínicos ofrecen una valiosa oportunidad para promover elecciones alimentarias sanas”, destaca el análisis. Estas intervenciones han demostrado tener un impacto sobre la dieta y la actividad física, los lípidos séricos, el índice de masa corporal y la presión arterial a los 6 a 12 meses de iniciada la conversación.
Sin embargo, aunque las tasas de este tipo de asesoramiento han aumentado en Estados Unidos, solo alrededor de un tercio de los pacientes dice haber recibido consejos dietéticos de médicos u otros profesionales de salud.
En la Región, sería una intervención de importancia crítica en la práctica médica diaria.
Esta historia se produjo utilizando contenido de estudios o informes originales, y de otras investigaciones médicas y fuentes de salud y salud pública, destacadas en enlaces relacionados a lo largo del artículo.