Ultraprocesados: ¿un problema también para el cerebro?
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Los alimentos ultraprocesados forman parte de la alimentación cotidiana: desde gaseosas y dulces hasta snacks y comidas listas para consumir. Pero ¿podrían tener consecuencias que van más allá del peso y la salud metabólica?
Un reciente estudio que analizó a casi 8.800 adultos de mediana edad encontró que quienes consumían más ultraprocesados presentaban mayores probabilidades de tener lesiones vasculares cerebrales detectables por resonancia magnética, incluidas pequeñas lesiones que pueden pasar inadvertidas y no provocar síntomas evidentes.
Sin embargo, no observaron diferencias significativas en pruebas cognitivas. Tampoco se pudo establecer qué ocurrió primero o demostrar que los alimentos hayan causado esas lesiones.
Este no es el único estudio que ha explorado esta posible relación. Por ejemplo, una investigación que siguió a más de 10.700 adultos durante ocho años encontró un vínculo entre un mayor porcentaje de la ingesta energética diaria proveniente de alimentos ultraprocesados y una mayor velocidad de deterioro cognitivo global y ejecutivo. Otro estudio asoció un mayor consumo de alimentos ultraprocesados con un mayor riesgo de demencia.
Aunque son resultados llamativos, proceden de estudios observacionales, por lo que no pueden probar causalidad.
Lo cierto es que los alimentos ultraprocesados representan una parte importante de la alimentación en muchos países. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), durante el período 2021‑2023, los alimentos ultraprocesados aportaron el 55% de las calorías diarias consumidas por la población de un año o más. Entre niños y adolescentes de 1 a 18 años, la proporción alcanzó casi el 62%.
En América Latina y el Caribe esta tendencia también preocupa. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), los alimentos ultraprocesados, las bebidas azucaradas y la comida rápida están desplazando a las comidas caseras más nutritivas en la alimentación de las familias de la región.
La buena noticia es que no hace falta cambiar toda la alimentación de un día para otro. Se puede comenzar por:
- Reemplazar algunas bebidas azucaradas o gaseosas por agua
- Elegir fruta, yogur natural o frutos secos en lugar de snacks o golosinas
- Optar por avena natural o cereales integrales con poco azúcar añadido en lugar de opciones muy azucaradas
- Recurrir más a las comidas caseras en lugar de las que ya vienen preparadas
La idea no es temerle a cada producto envasado, sino aprender a construir patrones alimentarios variados, con más alimentos frescos o mínimamente procesados.
Cuidar la salud cerebral también implica adoptar hábitos que protejan el organismo en su conjunto:
- Controlar la presión arterial
- Realizar actividad física regularmente
- Mantener patrones de sueño saludables
Fuentes consultadas: